MACABRAS BANDERAS
La cosa comienza en una de las esquinas. Luego hay que contar 24 pasos hacia un costado desde el último lugar donde pasó el mosquito y pararse allí. Entonces el mosquito regresa con su habitual vuelo bajo y se repite el ciclo: la nube cae sobre el sojal con su fuertísimo olor y de paso moja la cara de las banderas.
La dantesca escena se registra en Las Petacas, norte profundo santafesino del Estado argentino. El mosquito es el nombre que los chicos eligieron para la pequeña avioneta encargada de rociar con Roundoup y a veces 2-4 D los cultivos de soja. Y el problema lo tenía el conductor, al principio: ¿cómo reconocer rápido y sin equivocarse el lugar para largar la nube venenosa? Cuando se pone la dignidad entre paréntesis, las soluciones surgen rápidas y terriblemente prácticas: contratar a chicos de menos de 16 años para marcar el sitio. El trabajo (esta palabra se acomoda últimamente a formas diversas de asesinato por etapas) es simple: pararse con una bandera en el sitio a fumigar.
"Con el 'mosquito' hacen 100 a 150 hectáreas por día. Se trabaja con dos banderilleros, uno para la ida y otro para la vuelta. Trabajamos desde que sale el sol hasta la nochecita. A veces nos dan de comer ahí y otras nos traen a casa, depende del productor", cuenta uno de los chicos transformado en bandera humana". Otro reconoce que los líquidos lanzados por el mosquito pueden hacerle mal: "Que tengamos cáncer". Uno de los padres argumenta: "No tenemos otra opción. Necesitamos hacer cualquier trabajo".
Por otro lado, la Agrupación de Vecinos Autoconvocados de Las Petacas y la Fundación para la Defensa del Ambiente emplazaron al presidente comunal Miguel Angel Battistelli para elaborar un programa de erradicación de actividades contaminantes relacionadas con las explotaciones agropecuarias y el uso de agroquímicos. La cosa no prosperó y los chicos siguen de banderas, macabras banderas que, en definitiva no sólo marcan el exacto sitio donde el mosquito debe fumigar sino señalan el punto donde la negación de la dignidad humana opera como gesto rutinario de la sustitución de la vida por la soja, en este caso.
Tal sustitución, al mismo tiempo, se borra a si misma porque la elección es cruelmente falsa: no es la vida o la soja. Ningún otro valor supera o compensa a la dignidad humana y un mundo que permite esa sustitución apenas busca su supervivencia asesinando la humanidad de otro ser humano. Charly García lo dijo mejor y de manera más inquietante: "Están pasando demasiadas cosas raras como para que todo siga tan normal".

