EDUCAR EN TIEMPOS DE GALLETAS VENCIDAS

Alla por la década del 80 del pasado siglo, se hablaba de la aceleración del tiempo histórico: pasan más cosas en menos tiempo y de hecho cada vez la rapidez, la aceleración son marcas de los tiempos globalizados. Pero en nuestra isla rodeada de tierra, revisando denuncias firmadas por directores de escuelas a propósito de problemas en la merienda escolar, saltan expresiones como las que siguen: "el panificado llega en forma tardía", "la empresa San José no cumple con la provisión normal como se había comprometido", "el martes no disponía del producto para repartir la merienda a los niños del turno mañana y tarde". También se testimonia un hecho vinculado con la complementariedad de los tiempos (singular fenómeno registrado a nivel de la microfísica): "mezclan galletas nuevas con galletas viejas y duras".
No es poca la tarea que deberá enfrentar la persona que desde el gabinete de Lugo ocupará la cartera del Ministerio de Educación y Cultura. En estos nuevos tiempos, tal función incluye la preocupación por la llegada oportuna de las galletas para la merienda escolar, cuidar que, a pesar de que lleguen a tiempo, no anden mezcladas galletas del pasado con las del presente...ahhhh
y entre esas cuestiones enfrentar el asunto ese de la calidad educativa porque aún en tiempos de meriendas escolares se supone que la escuela tiene que ver con tal punto.
Dicen algunos que en épocas de Estados que se ausentan, que se disuelven por diversas razones, sus instituciones claves, como por ejemplo la escuela, quedan sin el fundamento que la modernidad les había otorgado. Y entonces se transforman en galpones donde pasan muchas cosas: merendar, armarse grupos de referencia, cobijarse, buscar la familia que se disgregó. El problema es que la escuela persiste en su identidad siglo XIX con ciertos ajustes que llevan la marca del Banco Mundial, BID, Unesco u Objetivos del Milenio pero ¿cómo educar en tiempos de pobreza creciente y de poetas muertos?.
Probablemente no sea tan conveniente esperar que la persona designada por Lugo nos plantee cómo será este asunto de educar en tiempos de galletas vencidas. Si realmente soñamos con una educación pública, tal cosa no brota fuera de un proceso colectivo, de una construcción precisamente pública. Democracia le llaman tambien ciertos algunos a eso.
La educación pública es demasiado importante para dejarla en manos exclusivas de las próximas autoridades del MEC. Aprendamos algo de los pinguinos chilenos quienes disputaron a los poderes el monopolio de las decisiones acerca de la educación pública. Justamente Chile hoy sigue con problemas: sólo el 8% de los estudiantes (de colegios privados) reciben educación de calidad, mientras el 92% (de colegios municipalizados y particular subvencionados) recibe una mala educación. Por supuesto, estos porcentajes sólo reflejan a su vez las desigualdades persistentes en la sociedad chilena...y por aquí la cosa sigue igualmente esa lógica.
Por no enfrentar en serio tales problemas es que terminamos últimamente por transformar las escuelas en galpones y así le agregamos una responsabilidad más a las autoridades del MEC: ocuparse de la velocidad y calidad de las galletas para la merienda escolar. Huele demasiado esto a la práctica de la caridad del siglo XVIII pero maquillada suficientemente por consultores propios de las políticas focalizadas de combate a la pobreza.

