DE CUANDO UN PESADO SE PICHA
De los modelos de pesados analizados por Helio Vera en su Manual de Lucha contra los Pesados, Nicanor reúne en su persona una singular combinación de, al menos, tres arquetipos: del pesado monotemático tiene ese capricho de considerar que la única visión posible y legítima en el mundo es la que el posee; apartarlo de ese capricho es un esfuerzo en vano. Del pesado autobombo reproduce esa sobrevaloración de sus cualidades genitales llegando, incluso, a afirmar que es capaz de embarazar a todas las mujeres del Paraguay, y del pesado jerarca Nicanor acentúa ese argel rasgo de relacionarse con sus subordinados mediante la prepotencia y la arbitrariedad. Por supuesto que este último rasgo se sostiene en base a un coro de adulones que le rodea para lanzar en el momento preciso la carcajada exigida por las geniales salidas humorísticas en clave de macho latino proferidas por el jerarca.
Nicanor se esfuerza en compensar estos rasgos intensamente pesados con algunos gestos tales como solicitar su ingreso al Club Centenario o la apelación a ciertos filósofos o escritores. Por ejemplo, en la conferencia de prensa ofrecida en la noche del domingo, apeló a Saramago. Pero estos esfuerzos funcionan como la frutilla clásica que se pone en la torta: no alteran mucho el producto.
Todos estos rasgos producen un Nicanor que desborda los modelos de pesadez analizados por Helio Vera cuando se apodera de él la pichadura. Es entonces cuando se ofrece como alguien que ejercerá la crítica desde el Senado o desafía al equipo de Lugo a superar ciertos números. Por ejemplo, su modelo de abordaje de la seguridad ciudadana apenas llega a la idea de comprar más vehículos para la Policía.
Por todo esto es que, en todo caso, se le puede agradecer a Nicanor su ofrecimiento como crítico del proceso explicándole que la construcción de la democracia en el país, al menos por ahora, no precisa de su apasionada vigilancia.
En estos días Nicanor anda extremadamente pichado y eso es un simple indicador que nada ha aprendido. Mucho puede aportar desde el Senado si realiza con buena letra y delicados modales tres actividades estratégicas: callarse durante todo el período parlamentario, abrir todas las ventanas que tiene cerradas y escucharle con respeto a la gente. Si persiste en esta actitud, otro Nicanor puede ser posible y hasta es capaz de experimentar ese milagro que Paulo Freire soñaba para el docente: aprender.
Si se mantiene en esa onda de pesado pichado sólo le resta que se cumpla en él aquel sincero precepto evangélico: es necesario que nazca de nuevo.





